Para los mexicas, la historia del universo no era lineal, sino cíclica: el mundo había nacido y perecido varias veces. Cada era era conocida como un “sol”, y según la tradición existieron cuatro antes del actual. El primer sol terminó cuando los jaguares devoraron a los hombres; en el segundo, grandes vientos destruyeron la tierra; en el tercero, un fuego celestial lo consumió todo; y en el cuarto, lluvias interminables transformaron a los hombres en peces.
Después de esas catástrofes, los dioses se reunieron en Teotihuacán para decidir cómo crear el nuevo sol que iluminara el mundo. Se necesitaba un dios que se arrojara al fuego para convertirse en astro. El orgulloso Tecuciztécatl, adornado con riquezas, se ofreció; pero también lo hizo Nanahuatzin, un dios humilde, enfermo y pobre.
Llegado el momento, Tecuciztécatl dudó frente al fuego ardiente. Nanahuatzin, en cambio, sin adornos y lleno de valor, se lanzó al fuego y se transformó en el Quinto Sol. Avergonzado, Tecuciztécatl se arrojó después, pero los dioses, molestos por su cobardía, lo convirtieron en la Luna, cuya luz sería más débil. Para que el sol se moviera en el cielo, los dioses decidieron que los hombres debían alimentarlo con su energía vital: la sangre y el corazón de los sacrificios. Así explicaban los mexicas la importancia de los rituales, pues sin ellos el sol se detendría y el mundo acabaría.

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