Emilio García Bonilla
Dice la tradición que al mediodía del 2 de noviembre las almas de los familiares difuntos regresan a su lugar de descanso. A partir de ese momento, se puede disponer de los alimentos de la ofrenda, se apagan las veladoras y las flores se llevan al camposanto.
Se enciende entonces una nueva veladora para el "ánima sola", es decir, para el alma de alguna persona fallecida que se ha quedado sin descendientes o amigos que la recuerden. Al ánima sola también se le ofrece alguna fruta, pan o un plato de comida, como una muestra de consideración hacia los necesitados en esta vida y en la otra.
En el Panteón Municipal de Teziutlán existen muchas tumbas abandonadas. Algunas muy suntuosas, verdaderos monumentos de cantera labrada para perpetuar el recuerdo de quienes yacen bajo tierra. Son también un recordatorio de que la riqueza es pasajera y si en vida disfrutamos de lujos, nada nos llevaremos al terminar nuestro paso por el mundo.
Era un 3 de noviembre y el administrador del panteón, el señor Mario
Ceceña, se encontraba en la puerta de su pequeña oficina. Empezaba a oscurecer y la clásica neblina teziuteca hacía acto de presencia acompañada de un aire frio. De pronto alcanzó a ver que entraba por la puerta principal una mujer vestida de negro con la cabeza cubierta con un velo y una cera en la mano.
Don Mario le gritó que ya iba a cerrar el panteón pues eran las 6 de la tarde. La dama sin inmutarse continuó avanzando. El señor, ya molesto, la siguió para decirle que saliera del cementerio. Sin detenerse la señora dobló a la izquierda, cruzó el arco que delimita la segunda sección, caminó unos metros más y entró en un viejo mausoleo. El administrador llegó has el lugar, le iba a pedir que rezara rápido a sus difuntos, pero cuando se asomó ya no vio a la mujer ni la vela que llevaba en la mano.
Aterrorizado, don Mario salió del panteón dando grandes zancadas y profiriendo palabras altisonantes sin voltear atrás. Era tanta su prisa por dejar ese lugar que dejó abierta la reja y en menos de un minuto ya estaba en su casa pues vivía muy cerca de la plazuela. Su mujer lo vio sorprendida:
llevaba los cabellos erizados y la cara blanca del susto.
Después de tomar un buen trago de aguardiente, todavía tembloroso y fumándose un cigarro, contó lo sucedido. Su esposa le preguntó si regresaría a cerrar el panteón, pero don Mario le respondió que no, que a los muertos nada les pasaría.
La tumba a la que ingresó la extraña aparición existe hasta nuestros días. Se trata de un sólido mausoleo de bóveda circular fechado en 1886 y dedicado a la señora Filomena Vidal de Santiago

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